miércoles, 29 de abril de 2009

El escondite


¿Dónde estoy?
No me encuentro, la habitación es un dedal y sus paredes se alinean y a veces convergen en las esquinas. Es raro que sólo converjan en las esquinas, yo me refugio en ellas pensando y tarareando notas que no conozco y me recomiendan, pero no bailo. En algún momento encojo y habito las esquinas de mi casa y como a las pelusas me arrastran las corrientes hogareñas. Las esquinas a veces se juntan todas en la sábana blanca y el colchón, ahí quedan a la espera de algún incendio. Cuando fumo en la cama no pienso pero mis piernas arden en mil fuegos artificiales. Se endurece la almohada y siento la pared avanzar encogiéndome de nuevo. Se amontonan todas las ropas de la casa encima de mis manos y ya sólo escribo de pensamiento, por omisión de la obra. A veces siento los tormentos. Cogen en sus manos invisibles las esquinas en la que permanezco y tiemblan un poco todos mis lunares. Tumbada, sobre la pared vertical como en una cornisa o un juego del escondite conmigo misma, sueño aunque no hay sueño que resista este vértigo. Claustrofobia, agorafobia. Egofobia. En mi se diluyen los ángulos y soy toda redonda, flexible, carne embasada al vacío. No existen grados ni alcoholes en un pompa de jabón, un minúsculo sonidito y ya no está, ni es, ni habita, ni refleja. Un minúsculo sonidito y adiós. Una despedida minimalista y certera como quien olvida dónde dejó el último suspiro o el último bostezo. Así de sencillo.
¿Dónde estoy?
Ahora divergen rectas todas las líneas. Ya no hay esquinas, rincones, huecos o salientes. Todo diverge. Nada se solapa, todo es paralelo y mundano. Así de sencillo, así de aburrido, así de uniformado.
¿Dónde me escondo ahora?
Nares Montero