miércoles 28 de octubre de 2009

Toda lengua de hiedra

Toda lengua de hiedra
tonadilla
copla de tobillo que sube a las antenas
a receptores de dolor de masas
de carcajada oblicua

Toda la lengua hecha hiedra
el deseo
tan invisible
como los ultravioletas
al ojo humano
Y quema

Toda de lengua hiedra
los pies de raíces mojadas
donde todo lo cierro
porque tengo un miedo
atroz
a los finales abiertos


Nares Montero

sábado 24 de octubre de 2009

El significado de las cosas

Es probable que no me importe nada.
Cuando digo nada quiero decir exactamente eso.

Aunque es cierto
que hay cosas que me preocupan
y no son nada,
y ocupan un tiempo que tampoco es nada.

Yo no sabría decir que es la soledad.

A veces pienso en ello tanto rato
que me veo mojada y sumergida
bajo el grifo del baño del internado.
Las voces de prisas mañaneras,
otras niñas,
suenan amortiguadas al otro lado de la puerta
y yo que no termino nunca
de quitarme las legañas
sólo sé que no quiero salir de allí.
No quiero. Tampoco estar allí.

El lugar, aunque concreto,
no tiene mucha importancia.
No más de la que tendría una sala de espera,
la cola de inem o unas sillas abandonadas
en la puerta de la casa del pueblo,
donde hace tiempo la gente salía al fresco
porque no había mucho más que hacer,
o que no hacer.

Tampoco sabría decir que es la felicidad,
la libertad, el deseo, la espontaneidad, el consuelo.

Busco flores en los cementerios
por si tuvieran un significado más allá de ese
escaparate de muerte. Pero no importa o no me importa.
Aunque me cercioro a cada paso de que murieron.
Todas y cada una de esas losas es la prueba.
Acaso alguno de esos nombres que rezan las tumbas
invadidas por el musgo y el tiempo
supo decir con palabras exactas,
el significado, exacto,
de cada una de las cosas en las que pienso.

Intenté encontrar entre los vivos,
o entre los que respiran,
quien me explicara
todas esas cosas que persigo y no me importan.

Ellos estában tan preocupados con el sueldo,
la comida, el tranporte público, el alquiler,
los mensajes de texto, el beso que no les dieron,
su jefe, la lavadora,
el programa que se perdieron ayer en la tele
porque la vecina vino a quejarse
del ruido que hacen sus pies
al calzarse los tacones a las seis de la mañana
cuando pintura de guerra y trayecto de dos horas por delante...
y el atasco y los charcos y el sudor de la gente
y esa enfermedad repentina al hermano de su abuelo
y el nuevo coche más caro y grande, los niños, la merienda,
el spa, y no tener tiempo ni para conciliarlo en paz.

Y todo absolutamente todo me dió tanta pereza,
tanta,
que comencé a imaginarlos ahogados,
diluidos y semitransparentes
sin ninguna violencia, pero silenciosos.

No tan diferentes a las tumbas.

Entonces me dí cuenta de que nada me importa
salvo el significado de las cosas.

Nares Montero

lunes 19 de octubre de 2009

ESTA NUEVA SOLEDAD NUESTRA


Tengo la contradictoria sensación
de que todo lo nuevo anda roto
o a punto.
Como sí las grietas
se apoderaran sigilosas de
espejos nuevos,
miradas nuevas,
la nueva agenda 2010 vacía,
y todo el art nouveau del mundo.

La soledad nueva,
segundo a segundo nueva,
habla en otro idioma
y está perdida por las calles
de una gélida ciudad a altas horas,
desde siempre.

Fuerza, esa soledad,
un llanto nuevo que viene de un beso french
y un violento abrazo de entrañas.

Y el miedo
que junto a la muerte es lo único antiguo,
perdura y
cubre las espaldas
o las descubre
con la naturalidad de nubes y kilómetros
que separan a una ciudad de otra.

Se me ocurre que esta soledad,
tan sola,
solamente
es un best seller.

Quizá tú estas leyendo la página 82
y yo me quedo en la impar porque tiene más vocales.

Así todos andamos en páginas alternas.
Yo abro el libro al azar por si te encuentro
o me derrumbo.
No hay mucha diferencia.

Las vocales abiertas, siempre,
me hacen llorar.
Y tú.

Te alumbras en consonantes
guturales
para no deshacer el nudo
o el cordón que te une al mundo.

Esa es la distancia que nos separa.
Una lámina de pasta, papel prensado
e impreso.

Y
nosotros
presos
de tantas palabras
bebemos alcohol
a espuertas
porque parece que licúa
esta chaladura de tiempo.

No es cierto que estemos solos.
En la soledad no cabe: nosotros.

Tú estás solo.

En esa certeza
las palabras se cuelan
en los espacios mínimos
del equipaje,
en el deseo de pieles
extrañas
como navajas frías
donde bailas al filo.

Es normal,
la convencionalidad
de estado y de sitio
te obliga.

Yo estoy sola.

No tengo recuerdos nuevos.
Cuando recuerdo, siempre,
hay una niebla sepia
y olor a libro antiguo.
La humedad lo cubre todo
y el musgo esconde el blanco mármol
que parece nuevo.

La memoria no es cobijo
ni lumbre de esta, soledad,
chimenea apagada,
y el hollín,
con el que pintaba bigotes a los troncos muertos,
sólo es mugre y suciedad.

Es verdad que podríamos hacernos
una compañía de prostíbulo
entre otras cosas.

Tú podrías decir: mi boca,
digo, tu boca.
Y buscar el sabor suave de mi cuerpo.

Yo podría dejarme las marcas
como trofeos
y soñar que leemos juntos
con otras caras, otros versos.

Mezclarte con otros en poemas
me consuela, te confunde.

Quiero probar la absenta.
Creo que no va a ser muy distinta
a este burdel
en el que juego a quemar la vida.

Si Lautrec viviera ahora
o yo antes,
(esa que se sube las medias
empapada de sexo)
nos enamoraríamos.

Entonces la vida sería
tan asquerosamente perfecta
que nadie nos recordaría,
pero viviríamos orgullosos
provocando la nausea,
en gente de bien y estudios.

Llevaríamos mal la inocencia,
la fe y las creencias en lo invisible.
Discutiríamos por el lado de la cama,
la desgana y entusiasmo mutuo de vida.
Desgranada y hambrienta
la sangre
se nos mezclaría con el aliento,
la masturbación, el sudor caduco.
Y entonces seguiríamos estando solos,
abrazados.

Buscaríamos mapa a mapa,
entre las sábanas,
la marca o el lugar concreto
donde escondemos los monumentos
que edificamos sin ladrillos,
escuadras, medidas,
hormigón y saliva.
A tientas los torreones,
arbotantes, pilares y cimientos,
como sí alguno de los dos
hubiera tenido
en otra vida
vocación de arquitecto.
Como sí este silencio
que frecuentamos
no fuera un impuesto
que cobra
el gobierno de los ojos ajenos,
sino un páramo elegido por los dedos
para descansar de las democráticas caricias.

Esto que quizá parezca un desvarío
se recita simultáneamente
entre cifras exactas,
pitillo y pitillo
camarero: el menú del día,
la compra, el desamparo,
la vecina de enfrente,
vagón y vagón,
el metro: tengan cuidado
de no introducir su pie,
el bolso, el dinero, las llaves, internet...

y el mundo, nuevo a cada paso
se rompe y dice:

- No existimos,
porque,
a propósito de todo,
seguimos leyendo
páginas distintas.

En la soledad
nunca cabrá un nosotros,
pero si un para siempre.
Nares Montero
Imagen H.T. Lautrec

viernes 9 de octubre de 2009

mi versión de los hechos

Tenerte atragantado
a ti
y al mundo
a partes iguales

Lugar trinchera
de los que huyen
de jugos gástricos

Esa zona en la que la tráquea
como tubo de ensayo
como falsa cañería vertical
como viga hueca

se descompone,

se bifurca en busca, quizá
de ti
o del mundo (Qué mundo?)

¿Dónde está el aire que nos respira?

Se encuentra
en una finisterra
de cartílagos y carne
o
en el sueño del mendigo tirado
en la esquina de tu calle

Donde falta el aire


Nares Montero

viernes 25 de septiembre de 2009

Esto no es poesía

Tengo las ganas de llorar atadas a la clavícula derecha
El deseo de que secuestren mi inocencia sobrevolando como un buitre
Carroñero.

A veces sólo soy restos de lo que dejaron otras guerras
antiguas

Examino números
Minuciosamente escudriño cada dígito
en busca de alguna prueba evidente,
o alguna señal intangible,
de que ellos,
primos, naturales, negativos...
tengan, como otros dicen, el secreto mejor guardado

Sangro los días impares del verano
y ahora coagulo

Se me licúan los talones,
esos secos que rozan tierra, mientras se seca la sangre
al calor
Arde la cabeza, se solidifica el alma, y las ganas son puro gas
que se evapora
Los estados de la materia me invaden
sin pretextos de armas de destrucción masiva entre los dientes.
Sin expectativas ni fugitivos

Soy un regazo, o un abrigo?
Soy el cobijo de los cobardes

Y con un silencio entre los labios y un millón de
conjunciones
me dejo hacer
Miscelánea de encuentros rotos
taras alimenticias
remiendo, parche, tirita

Sé, en mi propio engaño,
vestirme por partes
y nunca por los pies, ese fetiche extraño

Tengo miedo. No de reconocer mis caídas
mis derroches, mis vaivenes, mis alambres, mis escudos
mis cencerros, mis campanas, campañas, cascabeles
mis esquinas, páramos y socavones

Tengo un miedo mezquino que sujeta el llanto
atado a la clavícula derecha... donde aún queda hueco.


Nares Montero