miércoles, 3 de diciembre de 2008

La muerte del paraninfo


Toda la ciudad es un desnudo.
Está sola la estación
de blanco hospitalario
blanco insultante
pulcro
blanco
sanitario.


Tornos abiertos
-declarando la selección natural del día
y el abandono como morada de la noche-.


Ciudad hostil -en cueros,
puertas abiertas- espera engullirme.
Será el monstruo del armario,
la oscuridad camuflada en ruidos
y hábitos diarios.


Cara de luces
anunciando con descaro,
sin conciencia,
ritmo,
impulso,
latido de hastío.


El transporte plural
enseña
una territorialidad
de espacio vital,
y veo tras el cristal,
empañado,
que no espera más que nada.


Toda la ciudad es un desnudo.


Arrugas en cada esquina,
delirios de jóvenes
rien deformes
el tiempo
- empañado- en la cara.


Las esperas
no las resuelve la ciudad
con campanas.
No hay anuncios de naufragios.
Se traspapela el ánimo,
la burocracia acecha.


Toda la ciudad es un desnudo.


A la intemperie hablan
los mismo los patos
que los bancos solitarios,
los semáforos o las radios.
El café se enfría de rutinas.
Las porteras mudan, y se mudan.
No saltan botas en la lluvia
y los patrones se deshilan.


Toda la ciudad es un desnudo,

vivo y ovalado.


Nares Montero