viernes, 21 de mayo de 2010

sonata nocturna en el jardín


Vivo inabarcable. Los zapatos se amontonan en lugares estratégicos del suelo y su reflejo distrae a los transeúntes. A veces la luz no me toca. Lo consigo sola y sin pensarlo. Es importante, me digo, no toque el rayo con su orquesta esta piel lechosa de madreselva.
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Este mayo han vuelto los jardines a asentarse como nidos de cigüeña. Han cargado su peso y su prosa omnisciente sobre los hombros revueltos del amanecer. Vienen, me digo, pronto se irán. Así son los veloces jardines de la juventud, caprichosos y vallados. En sus rejas de enredadera no se posan las golondrinas veloces, no se asustan los insectos palo ni los relojes de arena. Soy yo quien entra sigilosa creyendo tener paciencia y llave para desalojarlos. Desalojarlos a todos.
¿Es cierta la diferencia entre vergel, selva o jardín? ¿Cuantas gotas en las hojas vidriadas de la noche los estrechan? ¿Qué coronas los separan? Todos son uno hechos pedacitos, con sus tallos cortados, sus modélicos secretos de nenúfar y peonía, sus caminos hechos para no pisar el cesped, el pipican, ese destierro.
Me da lo mismo los cauces del agua en los jardines, ya dije en alguna otra ocasión que lo mismo son una acequia que un torrente, un rio que un señuelo, un diluvio universal que deje a flote la dichosa ramita de olivo.
En la noche los jardines respiran el aire que contienen entre sus hojas ante el día y los ojos de ciclistas, patinadores, columpios y ancianos paseantes. Me reconcilio con los jardines de ancianos. Me imagino Central Park con tantos viejos, con tantos árboles, con tantos agujeros. Los jardines jóvenes siempre están desiertos y así no hay quien los desaloje. Cada glorieta sembrada de tulipanes es un parterre de posibilidades. Cada pensil florido un ejercito en pie de guerra. Cada lechuza asustada un extranjero fuera de su rosaleda, de su patria, de su bosque húmedo, de sus nubes de musgo.
Bien es cierto, de todos es sabido, el Edén era un jardín, el primero de todos. Con su calma disuasoria y su manzana de neon. Tuvimos que marcharnos. Tanta felicidad resulta insoportable. Tuvimos que marcharnos. Insoportable, sí, como los enamorados que se besan a la luz del día, en ese escaparate de chollos y ofertas, insoportable y obsceno. Los amantes de noche pueden besarse, claro. Pueden y lo hacen como un acto desesperado y eso sí es digno de mirarse, observarse, enmudecerse. Detenerse en esos labios trémulos, en esa distancia que se empeña en separarlos apenas apunte el día o suene la alarma del móvil. Es delicioso ver como se besan enloquecidos los jardines flotantes, las lianas como brazos, las semillas como témpanos. Deliciosamente triste en la noche. A esas horas en el botánico, esa torre de babel vegetal, decía Benedetti, sólo habitan los fantasmas, ustedes pueden irse, yo me quedo.


Nares Montero
Foto: En el parque del oeste, Madrid.

2 comentarios:

Voltios dijo...

sonata la sonada que vais a liar esta noche tú y el maestro guapa

Jorge Torres Daudet dijo...

Nares, felicitarte por el ratito que nos hicísteis pasar en Entrelíneas; fué muy interesante todo lo que allí ocurrió.
Ahora tengo tu libro, ya leído, a mano para que no se me escape a la memoria.
Enhorabuena por tus versos.
Un abrazo